¿Quien se anima a decir “No puedo”…? Aclaro: sin culpa, victimizarse, excusas,…

Tomo de mí experiencia y de muchas personas a mi alrededor algo para plantearles aquí: cómo amigarnos y encarar un “no puedo” desde la mayor integridad y valoración de quienes somos.

Una de las emociones más difíciles de aceptar, sostener con amor y hasta trascender aprendiendo es la IMPOTENCIA. Decir “no puedo” en muchos de nosotros está asociado a sentimientos de culpa, cuando creemos que lo que “está bien” es poder y por ende cuando no podemos estamos haciendo algo que “esta mal”. Muchas veces también justificamos los no puedo explicándolos, lo cual puede ir desde ponernos en un rol de víctima para que el otro se compadezca de mí y acepte mi “no puedo” (ya que yo no puedo aceptarlo sola), o, excusándome como si fuera necesario dar “buenas razones” más allá de lo dicho. ¿Por qué no es tan difícil decir y sostener un NO PUEDO sin explicaciones ni juzgarlo como bueno o malo?

bebePorque nos remite a un lugar muy dentro nuestro y primario en nuestra experiencia: ser bebés. Es en el estado en el que somos bebés que realmente no podemos darnos lo que necesitamos. Todo nos tiene que ser dado por nuestros cuidadores. Cuando nuestra experiencia fue la de falta de “algo” (nutrición, presencia, mirada, brazos, o resumiendo: amor) sentimos esa falta como algo terrible, devastador, a tal punto que ningún de nosotros quiere nunca más sentirla y por ende esa impotencia se vuelve un “fantasma” a evitar a toda costa. Es real la sensación del bebé que aun queda en nuestras memoria seamos conscientes o no de ella, y el bebe que éramos “no podía”. Podemos querer buscar mil explicaciones sobre por qué como bebés no recibimos lo que necesitábamos, pero eso no va a dejar de hacernos recordar la sensación. Puede ayudarnos a perdonar a quien no nos dio lo que pedíamos y necesitábamos, pero eso seguirá siendo un paso previo o más alejado a aceptar, validar y honrar esa experiencia de tanta vulnerabilidad. El bebé es puro placer, y está sintiendo placer o está padeciendo por no sentirlo, no hay punto medio. Ese bebé que aún vive en nuestro recuerdo subconsciente y hasta físico muchas veces, nos recuerda el dolor de la falta ante la cual decidimos que “tenemos que poder” a toda costa para no experimentarla. El tema es que nos apartamos de nosotros mismos, de nuestra experiencia, queremos escaparnos de algo que no podemos escapar porque esta dentro nuestro.

Planteo otra opción a escaparnos: hacernos cargo con amor. El cómo es simple aunque no fácil porque requiere desarmar todas las protecciones que construimos alrededor incluyendo nuestros comportamientos adictivos para dejar de sentir la impotencia (culpa a otros, a nosotros mismos, el “haceismo” a ultranza, adicciones a sustancias, hábitos, etc). Nos hacemos cargo cuando aceptamos nuestra sentimiento de impotencia como válido y autentico y nos abrazamos internamente dándonos en nuestra vida de adulto el mimo o acción de amor que necesitamos para transitarlo de una forma distinta, con mayor registro y compañía, a la que vivimos de bebés. Si nos acompañamos en nuestro dolor o impotencia podremos estar abiertos a aprender de ella y crecer en conciencia. Esto es lo maravilloso de aceptar lo que sentimos como válido.

Cuando me piden o me pido algo y digo “no puedo” en paz honro quien soy y no me salgo de mi centro. Así tal vez pueda divisar opciones, como pedir ayuda, buscar eso que no puedo darme sola.

Un último cuidado que descubrí en mí hace un tiempo: no puedo o es lo mismo que no quiero. Deviene de explicar mi no puedo como algo que surge y nace de mi voluntad, para no dejar que algo pase fuera de mi voluntad y por ende sentirme vulnerable ante la vida misma. Al que se identifique que explore de donde viene y se permita sentir un no puedo autentico ante algo que no controla ni digita con su voluntad.

Aprendamos a amarnos aceptando nuestros “no puedos” y aprendiendo de ellos, de nuestra vulnerabilidad para abrirnos a recibir el amor de quienes nos rodean. Y si no recibimos ese amor, pidámoslo, y fijémonos si no estamos cerrados a recibirlo de alguna forma. A veces creemos que debemos recibir amor de una manera especifica o de alguien especifico y somos ciegos ante las expresiones de amor que la vida nos provee a cada momento. Abramos los ojos y el corazón para ver todos los regalos que recibimos a diario y nos permiten sentirnos contenidos en ese amor que une todo lo que existe.

Los dejo con la invitación de registrar HOY que es lo que les genera impotencia o en que situaciones dicen “no puedo” y aprender a sostenerse con amor a través de los mismos.

Con amor y gratitud,
Denise Dziwak

¡Qué importante es NOMBRAR las cosas!

En las últimas semanas me he encontrado con muchas personas, incluida yo, que descubrimos que al poder ponerle palabras a algo para lo cual no había registro, pudimos sanar algo profundo y, en algunos casos, de muchos años generando dolor o impidiéndonos sentirnos plenos.

mama hablando con hijoMaritchu Seitun (“Capacitación emocional para la Familia”) escribe sobre la empatía con los chicos y como nombrar lo que les pasa es un primer paso para que ellos se sientan comprendidos, sostenidos y puedan registrar aquello que les pasa: “UY como duele caerse al piso”, o “que bronca no poder comerte el caramelo ahora!”, “que triste que se te cayera el helado al piso”, etcétera. Yo agrego que es imprescindible la ACTITUD COMPASIVA y amorosa además del nombrar. Esto, en mi experiencia, es muchas veces un silencio y un abrazo o sostener la presencia y mirada. He visto muchas veces esta teoría aplicarse como una fórmula, sin amor, y escuché cosas como: “que triste que se te cayera el helado pero si tenés mas cuidado no te va a volver a pasar”. Todo lo que vino antes del “pero” no es recibido por quien lo escucha porque nuestro intento de empatía fue seguido con una actitud de decirle cómo y qué hacer, que pudiera haberlo prevenido, que hay una mejor forma de hacer las cosas,…en fin, de no aceptación. Además, ¿pensamos que al que se le cae el helado está pensando la manera de que se le caiga? Obvio que no, y si no tuvo cuidado es porque no pudo, no sabe, o simplemente se distrajo con algo, pero no QUERÍA tirarlo conscientemente. A ese niño, o persona adulta, porque tengo mil ejemplos de haber recibido y dado este tipo de comentarios, no le llega más que: “la forma en la que te comportas/sos no es la correcta, no está bien, hay otra forma y yo te voy a decir cuál es”. Si esa fue la primera vez que se le cayo el helado, la segunda vez va a sentir que no es una persona aceptable y se dirá a sí mismo que es inútil, poco cuidadoso, distraído o cualquier otra etiqueta que atenta contra la autoestima.

Esto es en cuanto a nombrar, empatizar y ayudar a nuestros hijos, y por qué no otros que nos rodean, a registrar lo que les pasa sintiéndose comprendidos y aceptados.

¿Qué pasa cuando NO nombramos lo que les pasa a los chicos? Muchas cosas pueden pasar, ninguna que habilite el aprendizaje o sentirse amado. Una puede ser que comiencen a perder registro de lo que les pasa y no conecten con lo que sienten, es más, si no hay adultos que nombren la emociones, no podrán decir qué sienten porque ni siquiera tendrán lenguaje para ello. Es como un esquimal, que puede nombrar más de 100 tipos de nieve, comparado conmigo que no tengo esa capacidad porque no tengo la distinción lingüística ni capacitación para hacerlo. Como somos seres complejos, que nuestra mente no registre un hecho no quiere decir que nuestro cuerpo y alma no lo hagan, y aquí empieza la conocida “fragmentación”. Nuestro cuerpo físico y nuestra alma sienten dolor, manipulación, abuso, angustia, enojo, tristeza y lo expresa muchas veces a través de desequilibrios que llamamos enfermedad. Tendemos a explicar los desequilibrios en función de las condiciones externas tales como “fue un virus que se contagió en el colegio”, “es el frio”, “está cansado”, “no lo vacune”, etcétera. Sin embargo, amen de que existe una condición externa desencadenante de la enfermedad, SIEMPRE habrá un medio interno que le provea de campo fértil para crecer, y a eso le podemos llamar desequilibrio físico-emocional-espiritual. Y el desequilibrio no es sólo físico aunque casi siempre va acompañado del mismo. A veces podemos desarrollar fobias o miedos ante situaciones que nos generaron dolor. Esas fobias conviven en nosotros protegiéndonos de sentir nuevamente el dolor que sentimos alguna vez. ¿Dejaremos de sentir ese dolor? Depende, si nos habilitan el lenguaje y la experiencia hoy de revivir el dolor, llorarlo, o sentirlo como nos sea amoroso, sí, claro que si. El dolor que se siente pasa, el que no se convierte en sufrimiento, queda enquistado en alguna parte de nuestro ser unido a la experiencia traumática que lo genero y no esta disponible conscientemente.

¡Cuánto podemos ayudar a nuestros hijos a que no guarden dolores, a que puedan registrar, sentir, doler y aprender de todo esto con amor! Y nosotros los adultos, podemos revisar nuestros desequilibrios y buscar ayuda para nombrar aquello que no fue nombrados, revivir la experiencia que quedo anquilosada en algún lugar de nuestro cuerpo y alma y a actuar como un ser integro, completo e inclusivo de todas nuestras partes.

Nombremos para un aprendizaje y crecimiento en plenitud de nuestros hijos y un re-aprendizaje e integración en nosotros mismos.

Los invito a nombrar con REAL empatía (frenemos los peros, pongámonos en el lugar del que esta “doliendo”…) por nuestros hijos y nosotros mismos.

 

Con amor y gratitud,
Denise Dziwak

¿Quién te corre? Mamás en apuros…

 

busy mom 2Muchos hablan de la “aceleración” del mundo, de las personas, los descubrimientos, la vida misma, pero dentro de ese grupo, las mamás tendemos a estar en la delantera del “acelere”. En la última semana escuché una historia comiquísima que inició mi pensar en este tema: una mamá se olvidó a su propia madre en la puerta del colegio tras un acto escolar cuando fue a buscar el auto, dándose cuenta cuando ya había llegado al trabajo. “Necesito parar” decía, y cuántas madres necesitamos, porque es realmente una necesidad básica de supervivencia y salud mental, física y espiritual, “PARAR”.

Hice una consulta en Facebook de cuántas mamás aunque también puede ampliarse a mujeres en general “hacemos teléfono” en el baño. En parte, creo, porque es un lugar privado donde nadie nos interrumpe, idealmente hablando, y por otro lado para hacer “máximo uso” de nuestro tiempo, bajo la premisa “no hay tiempo que perder”. Y aquí esta el quid de la cuestión, esta es la creencia más fatal que cargamos como sociedad: “no hay tiempo que perder”. Asume que el tiempo es algo finito, que termina en algún momento, lo más obvio para el ser humano: la muerte, aunque en la diaria tomamos como referencia el día, la semana, el mes, a lo sumo hablamos del año, pero en general ni llegamos a ese espacio temporal. También presupone que el tiempo puede “perderse” como si en algún momento fuera propiedad nuestra y luego lo dejáramos ir, o se nos escapara. Ya con estas dos premisas podemos jugar un rato a cuestionarnos: qué tan real es el tiempo en sí, más allá de una convención social que “nos es útil”, cuando la utilizamos para nuestro bienestar y no dejamos que nos utilice denigrándolo. Cuando soñamos o meditamos y nuestro cerebro opera en una frecuencia diferente a la de estar despiertos podemos vivir situaciones de 10 días o años en tiempo “real” de minutos, y lo mismo si viajamos al espacio y utilizamos los principios de la física que nos dicen que el tiempo real depende de la velocidad y aceleración de la partícula, onda, sujeto, etcétera. En lenguaje simple: el tiempo no es algo fijo sino relativo a la velocidad o frecuencia vibratoria (el “acelere”) y lo hemos estandarizado como una convención social. Además es un concepto para describir algo y por ende no puede ser un objeto a “tener” o “retener”. Listo: esta creencia es falsa, el tiempo no se tiene ni puede perderse, así que pasemos a lo que realmente nos afecta: ¿Qué nos pasa si aceptamos esto? ¿Qué hacemos con un tiempo que no se tiene, ni se pierde, que simplemente es y cuya relación a objetivos personales es una DECISION propia y subjetiva?

Cuando pensamos de esta forma podemos decidir qué hacer sin ponernos un tiempo para ese hacer, lo cual aumenta el grado de incertidumbre o mejor dicho de libertad, y aceptar esto ya es un gran desafío. Esto a su vez determina asumir responsablemente y con conciencia cada elección. Tenemos pocos modelos de éxito que nos ayuden a elegir. Nuestras abuelas hacían muchas menos cosas, tenían muchos menos “objetivos” externos a la vida casera pero sabían algo que a nosotras, madres de hoy, se nos olvida: disfrutar de las cosas chicas, pequeñas y del ocio. Nuestras mamás probablemente ya fueron mujeres de la época donde comenzó el auge feminista y eso cambió todo para la mujer. El paradigma que reina desde los 50s nos habilitó a las mujeres espacios y actividades nuevas donde desarrollarnos sin dejar de lado las anteriores, aumentando así la cantidad de tareas, objetivos y deseos. En este cambio la perspectiva o convención de cuanto dura un día no cambió, pero si nuestras expectativas de que hacer en ese dia. Y ahí empezamos el “acelere”. Bueno, no necesitamos estar aceleradas, podemos re-elegir lo que realmente no es nutritivo en nuestras vidas. Podemos recuperar el ocio, el disfrute de nuestras abuelas, sin por eso tener que ponernos a lavar la ropa a mano (para eso existen los lavarropas), y sí usar el tiempo que ellas dedicaban a eso para impactar el mundo de otras maneras también. Además podemos acceder a educación y vías de crecimiento y transformación personal que nos expanden en conciencia y permiten dar mas de quienes somos a los que nos rodean, con ese servicio natural y único que nace de la creatividad femenina. Usemos esta energía a nuestro favor, eligiendo qué y donde la invertimos y expandimos. Cuando estamos enfocadas en lo que realmente hace la diferencia para nosotras y quienes nos rodean, yo lo llamo AMOR EN ACCION, la energía fluye y es ilimitada, nuestra frecuencia cambia y el tiempo parece durar más o simplemente perder relevancia porque estamos totalmente sincronizadas con el tiempo real interno de nuestras vidas. Revisemos tareas múltiples que nos causan estrés a nosotras y a los que nos rodean y re-elijamos priorizando (NO HACIENDO muchas de ellas). No apuremos a nuestros hijos todo el día a cambiarse, comer, bañarse, estudiar, etcétera. ¿Nos damos cuenta lo insoportables que podemos ser y lo agotadas que quedamos de esta forma de estar en el mundo? No somos “esas” mujeres, o al menos yo elijo no serlo. Conseguir este objetivo es diario porque pareciera que me olvido de esto en cuanto me despierto y pienso en lo que “tengo que hacer” en el día. Gracias a la meditación y otras herramientas hoy la mayoría de los días me re-pregunto: QUE QUIERO HACER y re-priorizo, cancelo mil planes y re-oriento mi energía en lo que me genera bienestar a mí y mi familia.

 

Las invito, mamás a que nos preguntemos dónde y cómo queremos enfocarnos hoy…paremos un minuto y preguntémonos: ¿QUIERO HACER ESTO?, ¿es realmente nutritivo para mí y todos los que me rodean? Pongámonos en el lugar de nuestros hijos, maridos, compañeros de trabajo, empleados y mirémonos un segundo…¿nos gusta cómo nos comportamos? ¿disfrutaríamos nuestra compañía? … las preguntas “difíciles” son las mejores para promover cambios positivos, animemos a hacerlas!

 

Con amor y gratitud,
Denise Dziwak

Me interesa saber que piensan del tema

 

¿Cómo decidir con mayor conciencia?

Hoy tuve un sueño revelador, simbólico y muy claro: “Estaba cruzando una calle embarazada como ahora y me daba cuenta que estaba en verde en vez de rojo para los autos, no sabía si seguir o retroceder, en esa parálisis un auto me pasa muy cerca y casi atropella. Logro moverme a un costado de la calle y me desperté”. El mensaje, o mejor dicho la pregunta, que surgió al despertar fue clara y contundente: ¿en qué lugares de mi vida me quedo en el medio, sin decidir, y como eso pone en peligro mi integridad como persona y la de los que dependen de mí? La respuesta: en la crianza de mis hijas, sobretodo en hacer caso a mi instinto o amor propio.

Muchas veces nos escucho a los padres cuestionándonos temas relacionados con nuestros hijos. Algunas veces lo hacemos desde un lugar de búsqueda de respuesta del tipo: “esta bien o mal hacer esto o aquello” como para reafirmarnos en el ser padres, aceptándonos como tales (“somos buenos padres si hacemos las cosas bien”). Otras, lo hacemos para “asegurarnos” que nuestros hijos estén bien hoy o a futuro (“si hago esto mi hijo no aprenderá tal o cual cosa, se sentirá mal, le ira mal en la vida, etcétera”). En ambos casos queremos controlar el resultado de lo que hagamos, poniéndolo en cuestionamiento en medio del hacer. Pocas veces en esos momentos de “duda” nos preguntamos: ¿esta decisión traerá bienestar a mi vida y la de mis hijos? Cuán diferente sería nuestra relación con el tema en cuestionamiento si por un segundo nos hiciéramos esta pregunta, lleváramos la atención a la región de nuestro corazón y respondiéramos con sinceridad para con nosotros y a menos que la respuesta fuera un doble “si” no procediéramos con esa opción sino que buscáramos alternativas. Como sociedad hemos perdido tanto contacto con nuestro instinto de preservación e integridad tal que nos cuestionamos constantemente. Y si no nos cuestionamos, porque algunos se dirán ser seguros de sí mismos, cuántas veces actuamos a “la fuerza” ya sea con nosotros o nuestros hijos. Si nos vemos actuando “a la fuerza” les aseguro que no estamos haciéndolo desde un lugar de amor y bienestar para ninguno de los involucrados.

Cada vez que dudamos o actuamos a la fuerza desde una falta de seguridad real e intrínseca no nos valoramos como necesitamos, ni nos damos lugar, y ese mismo mensaje llega a nuestros hijos. Ejemplo concreto que veo y viví: nuestro hijo de 2 años toma nuestro celular y le decimos que no. Repite el intento y volvemos a decírselo. Lo saca, lo recuperamos, y volvemos a decirle que eso no.. Después de un rato estamos enganchados charlando y nos damos cuenta que lo tomó y decidimos “que pase”, hasta que escuchamos un ruido de caída del teléfono y volvemos a decirle que no, se lo sacamos, esta vez con enojo con nosotros mismos, y oposición, gritos o llantos de parte de nuestro hijo. En esta situación ¿qué nos costaba mantener nuestra coherencia? Ser consistentes con lo que creíamos, sabíamos, sentíamos que era lo mejor para todos. Seguro hubo un momento de duda cuando nos dimos cuenta de que tenia el celular nuevamente, pero en vez de seguir nuestro impulso e instinto inicial “repensamos” y cambiamos de opinión. Lo hacemos en automático sin chequear internamente como esa decisión, tan chica en este caso, tan grande en otros, puede afectar el bienestar nuestro y de nuestros hijos.

Propongo recuperar nuestro instinto para amarnos a nosotros y los que nos rodean en, al menos, tres pasos:

1)   Registrar nuestro instinto inicial. Esto parece fácil pero muchas veces no lo es. Podemos darnos cuenta que no estamos obrando desde nuestro instinto cuando los pensamientos, dudas, cuestionamientos invaden nuestra mente. En esos momentos podemos parar y registrar cuál fue nuestra primera sensación y qué tiene esa sensación para mostrarnos o enseñarnos. No estoy diciendo obrar en automático porque a veces nuestros instintos de preservación esta codificados desde un miedo profundo y no real basado en nuestra historia subjetiva que puede dañarnos a nosotros u a otros. Sólo digo: registremos porque ahí hay información valiosa sobre quienes somos y lo qué es mejor para nosotros y los que nos rodean.

2)   Chequemos con nuestro corazón, ese lugar de conexión interna con nuestra alma que nos permite evaluar desde el amor y no desde el miedo. Si tomamos alguna decisión ¿cómo nos sentiremos al respecto?, y si no encontramos palabras chequeemos nuestro cuerpo físico: ¿nos molesta o tensa alguna parte decidir de una manera y nos relaja con otra decisión?

3)   Honremos nuestro sentir eligiendo la mejor vía porque sólo así nos estaremos respetando. No existe la posibilidad de respetarnos y al mismo tiempo no respetar al otro (Aclaro: aunque se enoje o no le guste nuestra decisión al otro). Estamos unidos desde el amor que nos creó y la decisión que es buena para una lo es para todos. Puede no gustarles o darles miedo pero sepamos que estamos cuidándolos. De la otra manera no cuidamos a nadie “salvo” la idea que tenemos sobre “que es lo correcto”. Las ideas no son más importantes que nuestra persona, tengámoslo en cuenta.

 

 

Volviendo a mi sueño: en mí la duda es fatal y puede matarme a mi y a los que quiero. En vez de dudar y “pensar” chequeo con mi corazón y desde ahí elijo y muy importante, sostengo y honro, esa elección.

 

Los invito a decidir con consciencia chequeando con su corazón, su alma, su interior: cuál es la mejor decisión y actuar en consecuencia. No pensemos tanto, sintamos, exploremos, aprendamos hasta de los lugares más incómodos de nuestro ser.

 

Con amor y gratitud,

Denise Dziwak

 

 

 

Dolor, paso ineludible en el Amor

Cuando me encuentro ante el dolor, ya sea físico, emocional o de cualquier índole, surge la primera pregunta: ¿Por qué? Es una pregunta que deriva muchas veces de la falsa creencia: “si entiendo el por qué dejará de doler”. Claro que esto no sucede y muchos seguimos buscando los por qués durante toda una vida o aislando el dolor en la memoria para no sentirlo. Eso es lo que llamo es no hacernos cargo. Estamos en víctima echándole la culpa a algo o alguien que mucha veces no identificamos, y aún cuando si lo hacemos, nos quedamos atrapados en ese incesante potencial pasado imposible: “si no hubiera ….”. El dolor no deja de existir en ningún caso, lo reprimimos y tampoco desaparece sino que está en nuestro cuerpo físico en forma de tumores u otros desequilibrios, o en nuestra mente jugando a través de las creencias que se anclaron en el momento del dolor. Creencias como “si soy como soy recibo un castigo/dolor”, o “amar, entregarse, abrirse al amor duele”, nos dejan estériles de sentido, de existencia, sin poder ser en el mundo más que una fabricación de nuestros miedos e inseguridades. Además el dolor no puede olvidarse, no existe el olvido posible, ni siquiera después de zambullirse en píldoras mágicas que hoy parecen la nueva aspirineta, o perderse en adicciones de todo tipo que nos “hagan olvidar” por momentos aquello que nos duele.

Si aceptamos entonces que el dolor no se irá de nuestras vidas podemos pasar al siguiente paso: hacernos cargo de nosotros ante el mismo. Para eso comienzo por responder dos preguntas claves que surgen del dolor: 1) ¿por qué?, aunque no lo crean hay al menos una razón que encontré y 2) ¿qué puedo hacer ante el dolor, cómo lo supero, trasciendo, o doy sentido?.

¿Por qué sentimos dolor? Aclaro que la respuesta no disminuirá el dolor ni lo hará desaparecer, por si querían una solución “mágica”.

Sentimos dolor porque somos humanos, porque estamos en esta existencia para darnos cuenta que venimos a aprender a amar y que el amor es unidad y el dolor es todo lo que nos separa de esa unidad. Si no sentimos dolor tampoco podremos sentir amor, es parte del proceso de aprender a ser quienes somos. Si nos cortamos con un cuchillo y no sentimos dolor nos haremos daño y no nos cuidaremos parando la acción dolorosa. Entonces un dolor encierra un aprendizaje: algo nos duele, algo necesitamos aprender de la vida, algo no esta en concordancia con el amor o la unidad. Puede que nos seamos los promotores de esa separación y alguien no este siendo amorosos con nosotros, aún así aprendemos de que eso duele, que eso no lo quiero en mi vida y cuando tengo la capacidad de elegir como adulto puedo decidir no aceptar conductas no amorosas para conmigo ni ejercerlas yo para con otros.

Además si nos cerramos a sentir el dolor nos protegemos de todo, incluso del amor, y cerramos nuestras capacidad de amar y ser amados. Esto lo aprendí luego de un día de mucho dolor y llanto, donde al final, cuando solté las ganas de no sentirlo y explotó el Niagara de llanto y dolor, después de un rato me empecé a a reir, a sentir alegría, algo estaba cambiando por dentro, algo entraba en mí, los católicos le llamarían espíritu santo, otros la gracia divina, yo lo llamo AMOR. Me supe y sentí sostenida, abrazada e inmensamente dichosa de poder sentir que la vida volvía a mí y que reemplazaba al dolor por un amor que jamás había sentido, porque ese espacio antes estaba ocupado y sellado bajo llaves de mi miedo a sentir. Sí, lo sé, parece “fácil” escrito en un par de líneas, pero no lo es porque la sensación de muerte, fin, y sin sentido que viene con la experiencia es muy difícil (al menos para mí). Sin embargo, no hay historia que haya leído o experiencia que yo no haya atravesado donde sentir el dolor hasta lo más profundo no habilitara un nuevo espacio para expandir mi ser y sentir más amor que nunca antes. No me crean, hagan la prueba.

Así se responde sola la segunda pregunta sobre qué puedo hacer ante el dolor: sentirlo, hacerme cargo sintiéndolo, pidiendo ayuda para sentirlo libremente si no me animo a hacerlo solo. Hay infinidad de almas amorosas lista para acompañarnos, y no necesitan saber nada más que estar abiertos a estar presentes con amor.

Quiero terminar recomendándoles una obra musical que vi y me disparó a escribir este post: “Casi Normales”, está ya terminando su ciclo en Buenos Aires pero por ahí esta en DVD, ya sea la original del Broadway o la versión Argentina. Es una historia donde hablan del dolor en una familia como la de cualquiera y como puede desaparecer de la mente pero inunda del corazón y que si lo enfrentamos y asumimos hay luz, posibilidad y amor al final del camino.

 

Los invito a transitar el dolor de manera consciente, recuperando esa parte de su ser que puede estar detrás de las protecciones “anti dolor” para que puedan expandir su Ser y dar al mundo esa maravilla que traen dentro.

 

Con amor y gratitud,

 

Denise DziwakImagen

¿Que es ser “espiritual”?

Muchas veces me he encontrado con esta pregunta ante el uso de la palabra “espiritual” en el contexto de frases tales como “esto que hago no es nada spiritual” o “esta persona es muy espiritual” o “no estoy hablando de temas espirituales sino mundanos”. Al principio mi reacción era tomar la frase como tal sin indagar o chequear el significado de la palabra para la persona, luego al hacerlo me di cuenta que yo misma no me había hecho la pregunta tanto como para llegar a una respuesta que me conformara…hasta hoy y por eso de este post.

Hoy les escribo desde mi experiencia de vida buscando vivir la “espiritualidad” y no desde ninguna teoría, autor o religión.

De niña la palabra ni existía en mi vida pero si temas relacionados con lo que no podía ver o tocar y sin embargo ahí estaban: sensaciones, vivencias, historias que referían a algo que podemos llamar “inmaterial”. Luego, de adolescente fui buscando explicaciones concretas, científicas y tal vez por eso me entusiasmaba tanto estudiar matemática o física cuántica, teoría del caos, teorías de la creación del universo y tantas otras formas que hemos encontrado para explicar lo no explicable. Esta búsqueda desde la ciencia no era completa ya que estudiaba teorías que terminaban diciendo que todo era cierto siempre que… o salvo que… y de pronto aparecía una ecuación o resultado que dejaba la demostración anterior en lo que denominamos “absurdo”. Por lo tanto busqué otras fuentes tales como la historia de la humanidad, de cada pueblo, de sus libros sagrados o, mejor dicho, en esos años, buscaba personas que pudieran explicármelos. Investigué sobre astrología, tarot, y ciencias ocultistas de varios tipos. Mi conclusión de entonces parecía llegar al dicho o chiste que había escuchado mil veces “las brujas no existen pero que las hay las hay” y reemplazaba brujas por cualquier palabra o tema que no pudiera explicar y era los mismo: ángeles, milagros, dios, etcétera. Si en algo me sirvió mi formación no religiosa y estoy inmensamente agradecida por esto fue en no usar la “fe” como excusa para no indagar y seguir buscando significados por cuenta propia. Soy una eterna aprendiz y por ende no me conformo tan fácilmente, siempre veo una posibilidad de aprender algo nuevo, más profundo, más elevado, y que ojalá deje en “absurdo” todo lo anterior que descubrí o creía cierto. Creo que eso también le pasa a los científicos: buscan más allá de lo que encuentran porque en el momento en que paran de buscar muere la capacidad de descubrir, encontrar, volver a buscar y por ende de ser. Al menos eso me inspiró un magnífico físico y matemático, un “loco lindo”, que tuve de maestro llamado Eduardo Staricco, que en este momento espero esté en paz y me imagino a su alma riéndose de este post con conocimiento de causa. A vos Eduardo, por tu pasión por ir más allá te dedico esto.

Volviendo a nuestro tema, después de años de buscar desde la ciencia pasé a las religiones experimentándolas directa o indirectamente. Pasé por sendas espirituales variadas, desde el catolicismo, el zoroastrismo, la teosofía, la kabbalah, el judaísmo, el budismo, el hinduismo y hasta algo de la religión musulmana y sufismo a través de leer a escritores como Kalil Gibran o Rumi. Esto, más un camino de desarrollo personal donde mucho hizo mi estudio de coaching ontológico, me llevaron a una conclusión que puedo llamar ELEMENTAL: la espiritualidad no puede encontrarse en ninguna teoría, sino que es un camino de propio y único de experimentación personal. Puede que alguna senda recorrida por otros nos inspire y anime a buscar de “esa manera” qué es la espiritualidad o donde reside lo que soy muy en lo profundo de mi ser, pero no hay manera de llegar a descubrir la “verdad” sin la propia experimentación. Shankara, un védico sabio, decía que se conoce a Dios con la combinación de conocimiento y experimentación porque (agrego yo) no hay libro ni fé que pueda demostrarme que lo que es real, lo es, sólo está en mí reconocerlo.

Es mucho el preámbulo pero necesario porque cada lector deberá recorrer su propio camino y esto no será más que otra inspiración para el mismo.

¿Qué es ser espiritual?

Espíritu es lo que no es materia, podríamos decir que entonces es energía, pero tampoco. Es ese espacio entre los electrones y el núcleo de un átomo, ese lugar y tiempo adonde se van los electrones cuando desaparecen para “saltar” cuánticamente. ¿Adónde se van? Nosotros somos un conjunto de átomos formados por neutrones, protones, electrones, entonces: ¿Qué somos cuando no existimos ni en materia ni en energía, hacia donde desaparecemos? Primero, no desaparecemos, nos transformamos, segundo, no nos vamos, creemos que sí porque no podemos describir ese lugar en tiempo y espacio. Ser espiritual es lo que ya somos: estamos constantemente desapareciendo (nuestras partes más pequeñas lo hacen sólo que no nos damos cuenta) y reapareciendo a esta existencia física. Y ¿que somos cuando no somos? Todo y nada. No somos forma o ser, somos puro potencial ya que podríamos reaparece en una forma distinta. Sin embargo no lo hacemos, lo cual nos dice que hay un orden detrás del aparecer y desaparecer. Hay un orden que regula esto, una inteligencia o conciencia que decide que un electrón será parte de un átomo y este de un ADN, célula y que luego será parte de un organismo que puede ser un árbol o un ser humano. Victor Frankl llamada a ese espacio de pura potencialidad el plano del espíritu, un plano desde el cual podemos observar nuestra realidad actual, tomar conciencia y volver a elegir en base a esa perspectiva. Porque, ¿quién dijo que perdemos conciencia cuando accedemos a ese espacio de “no ser”? Creo haber experimentado ese estado, aunque no sabría definirlo porque cuanto más percibimos más sabemos que hay más aun que no percibimos, y esa es la magia del camino espiritual. Nos permite seguir y seguir sin parar utilizando lo que aprendemos en estados de conciencias más elevados (desde el espíritu) para ser más amorosos, íntegros y felices en el hoy, aquí y ahora, con el nombre y rol que elegimos para esta vida con todo lo que eso implica.

Esto es ser espiritual: experimentar el espíritu que habita en nosotros y desde ese lugar reintegrarnos con lo que nos rodea trayendo esa conciencia, esa sabiduría, ese amor y ese poder creador que tenemos accesible a nosotros a cada momento.

Pregunta que me hacen cuando llegamos a este punto: ¿Cómo hago eso? Y yo respondo: ¿Ser espiritual? Ya lo sos. ¿Contactarte, sentir y obrar desde tu ser espiritual o tu plano más elevado en conciencia? Hay infinidad de maneras: rezar, contemplar, estudiar, realizar actos de amor, creatividad, meditar,… cada uno tendrá que encontrar la suya. La mía por ahora es la meditación en primer lugar y segundo la devoción y el servicio activo de esa devoción (amor), sin embargo puede ir cambiando como todo en el camino de la vida.

Los invito a conectarse con su espiritualidad, cada uno a encontrar y definir qué es ser espiritual en su vida y como desde ese lugar de conciencia, esa forma de vivir la vida, la perspectiva cambia y puede ayudarnos a transitar lo que hoy creemos que no esta tan claro.

La espiritualidad es luz, y aclara las sombras, dándoles un nuevo significado que nos eleva en conciencia.

Con amor y gratitud,

Denise Dziwak

¿Qué es lo que realmente queremos?

Muchas veces estamos pensando que tenemos que hacer o nos la pasamos planificando el futuro o recordando qué y cómo hicimos en el pasado. Pocas veces paramos a conectarnos con el momento presente y preguntarnos esta pregunta tan simple y profunda a la vez: ¿Qué es lo que realmente quiero? Y la pregunta puede abrirse tantas veces como quiera: qué quiero para mi vida, para mis relaciones, para mi trabajo, para el espacio que me rodea y como yo interactúo en y con él, etcétera. Es trascendente tener un norte y o hay norte si no sé adonde voy en mi vida, que quiero para mi vida a diferencia de lo que creo que tengo que vivir o hacer. El tengo que viene del afuera, del pasado, de los modelos y paradigmas de otros, de la sociedad, de algún libro o dogma. Todo lo que es externo a mí no tiene sustentación ni trascendencia, a menos que yo lo haga propio.

Conectar con lo interno implica creer que somos lo suficientemente valiosos para darnos tiempo y escucharnos. Aún cuando creemos ser valiosos podemos decir que no tenemos tiempo o simplemente que no sabemos cómo escucharnos. Para eso escribo este post, para ofrecer una herramienta tal que podamos hacernos cargo de ésta y otras cuestiones importantes para nuestras vidas.

Podemos imaginar que tenemos un niño a cargo, un hijo que adoptamos o llegó a nuestra vida de alguna manera (idealmente lo imaginaria con menos de 5 años y ya verán por qué). Ese niño tiene necesidades, sueños, deseos, frustraciones, experiencias que no sabe cómo resolver y de las cuales necesita aprender. Nosotros como su papá o mamá podemos acompañarlo en estos aprendizajes, quererlo, honrarlo, escucharlo.

Si tuvieras un niño de 3 años que viene llorando, ¿no pararías un segundo a mirarlo a los ojitos, abrazarlo y preguntarle qué le pasa?

Ahora qué pasa si este niño fueras vos, y sintieras esa tristeza. Lo que más encuentro cuando hago esta pregunta es un silencio que habla de: que no sé cuando registré la tristeza, o que no paré a escucharla ni hacerme cargo de ella, o me puse a sentirla pero no pude salir ni hacerme cargo de ella. Con respecto a esta última, si tu niño viene llorando y vos te pones a llorar con él, puede que se sienta totalmente desamparado y pare de llorar porque no hay un adulto que lo pueda contener y darle seguridad. Hay otra manera de hacernos cargo como adultos: escuchar al niño, indagar “sin querer cambiarlo a él ni a lo que siente” las razones por las cuales se siente así, chequear si hay algo que cree que no es real y pueda generarle esa tristeza o si es algo que nosotros le estábamos diciendo con nuestro accionar (los hechos hablan mucho más fuerte que las palabras) que lo puso triste. Podemos ofrecerle mientras hablamos con él un abrazo, mimos, contención y por sobretodo total y exclusiva atención. Finalmente podemos optar por hacer algo para que se siente mejor, una acción de amor que lo reconforte, darle lo que necesita ahora y en el futuro como promesa.

Ahora imaginemos que este niño somos nosotros, que dentro nuestro vive un niño que siente y necesita que nos hagamos cargo de su sentir. Este trabajo es de hacernos cargo de ese niño es Inner Bonding o Conexión Interna. Hacernos cargo de todo nuestro aspecto emocional como si fuera un niño es una de las herramientas más poderosa que existe. Nos permite conectarnos con nuestra esencia ese niño es nuestra alma y cuando no se siente en paz, alegría, entusiasmado, seguro, valorado, hay algo en lo cual tenemos la oportunidad de actuar como padres y hacernos cargo. El por qué pensarlo como un niño es porque en nuestra sociedad existen muchas creencias que nos limitan a darle esa importancia a lo que siente u adulto, en cambio si lo vemos como un niño y entendemos que necesita un padre y madre podemos ofrecerle eso que necesita siendo nosotros el adulto de amor que se hace cargo de él.

Los invito a conectarse con sus sentimientos como si fueran ese niño en ustedes que les está diciendo algo SIEMPRE. Puede ser algo interesante y positivo como “esto me gusta, me apasiona y quiero seguir haciéndolo porque me hace feliz! Y entonces elegir más de ese tipo de actividad. O puede ser cómo en el ejemplo que no la está pasando bien y que hay algo que podemos hacer para ayudarlo a sentirse mejor.

Para empezar sólo basta escucharse. Podemos requerir una compañía o ayuda inicial que nos acompañe un tiempito y para eso tengo tres sugerencias:

–       Taller Descubrí Pieza Perdida Sabado 7 de Junio donde los acompañarán en el proceso de Inner Bonding y saldrán de esa experiencia habiendo conectado con su niño y pudiendo llevarlo a su vida diaria. b-bienestar@hotmail.com

O en Facebook: https://www.facebook.com/events/257205351151742/

–       En inglés, sumarse a la comunidad de Inner Bonding, talleres, posts que ofrece Dr. Margaret Paul y Dr. Erika Choprich creadoras de esa poderosísima herramienta en www.innerbonding.com

–       Sesiones individuales de Inner Bonding en vivo o por Skype con quien les escribe y otras personas recomendadas. Para recomendaciones sobre quienes podemos asistirlos escriban a denise_dziwak@hotmail.com

 

No hay excusas para dejar de querernos. Saber lo que queremos en la vida es fácil, solo basta escucharnos con el corazón abierto y ganas de aprender a amar.

 

Con amor y gratitud,

Denise

El Poder de Desengancharnos

Desengancharse significa justamente lo que describe la palabra, desatarse, desanudarse, separarse y dejar ir algo a lo cual estamos “enganchados”. Lo que vengo descubriendo es que los temas de nuestra vida de los que nos cuesta desengancharnos tienen valiosísima información de la cual poder aprender y crecer en conciencia.
Sepamos que los temas no nos enganchan sino que nosotros elegimos, más o menos conscientemente, engancharnos a ellos. El asumir esta responsabilidad nos habilita a poder aprender y decidir en libertad. No importa que tan “pesado, difícil, traumático” sea el tema al cual nos quedamos enganchado, SIEMPRE podemos elegir hacernos cargo de desengancharnos ya que es un acto de nuestra voluntad. Esto no quiere decir que siempre podamos o que tengamos que hacerlo solos. Hay temas que nos llevan años, y tal vez una vida soltar y para lo cual la compañía de un otro es esencial. Simplemente digo: elegimos mantenernos enganchados a un tema y así como hicimos esa elección podemos cambiarla.
Una vez que asumimos la responsabilidad y tomamos la decisión de desengancharnos podemos elegir al menos dos formas de hacerlo: una es controlándolo de alguna manera como sacándolo a la fuerza de nuestros pensamientos, escondiéndolo en algún lugar de nosotros y omitiendo como nos hace sentir; y otra es queriendo aprender del tema, encarándolo con amor, compasión y paciencia para ver que hay detrás y como integrar eso a nuestras vida de una forma sana para nosotros. Esta segunda opción, la de aprender con amor es la que mejor resultado he visto que produce y no requiere de más esfuerzo. Es más, nos ayuda a usar mejor nuestra energía ya que una vez que el tema lo tenemos abordado y sanado desaparece y ya no consume más de nosotros. La opción del control requiere que usemos nuestra energía constantemente para disimularlo u ocultarlo o nos ocupa un espacio mental y emocional que no nos deja resto para nada más.
Podemos encarar los temas a los que nos quedamos enganchados como si fuera un personaje de una historia y preguntarle qué motivos tiene para estar en nuestra vida. Hay algo que en PNL (Programación Neurolinguística) se llama “intención positiva” y dice que todo lo que hacemos, aun lo que termina dañándonos, tiene una intención positiva detrás, posiblemente de preservación de algo que para nosotros es importante. Cuando esa parte nuestra que quiere seguir enganchada se sienta comprendida, escuchada sin juicios y valorada podremos aprender por qué sintió la necesidad de hacer lo que hace.
A mi me ha pasado, sobretodo con mis hijas muchas veces de quedarme enganchada a su angustia por algo que les pasaba o que incluso yo provocaba. Me quedaba tan enganchada que no podía asistirlas porque lo que quería era que dejaran de sentir lo que sentían, me molestaba, me generaba mucha impotencia y ese sentimiento es uno de los peores para mí porque “no hay nada que hacer”. Entrábamos en un círculo vicioso donde yo intentaba sacarlas de ese estado emocional, a veces yendo para atrás en un límite que yo misma había puesto, u ofreciendo ayuda de manera desesperada (“decime que te pasa!, por qué lloras, etc”) y hasta manipuladora (“si no dejas de llorar no te puedo ayudar”) o simplemente queriendo forzarlas a cambiar con algún grito de por medio o amenaza (“si no dejar de llorar por esta pavada no vas al cumple de tu amiga hoy”). Todas maneras de querer controlar, evitar, hacer desaparecer la emoción de ellas y mi propia impotencia y dolor. Obviamente nada funcionaba porque se ponían peor o lo lograba con un costo de autoestima altísimo y una sensación en mi de angustia por haber obrado de una forma no amorosa. Seguían emociones de culpa, enojo, y demás yerbas que devienen de conductas no amorosas de las cuales no quería aceptar ni aprender. Al final descubrí que lo primero era entender que me pasaba a mí con lo que ellas manifestaban. Qué estaba en juego adentro mío, qué quería controlar o evitar y por qué y para qué. Obviamente esto muchas veces requería respirar, ir al baño, salir de la situación físicamente para poder mirarme por dentro. Pero aun si no podía salir siempre podía cerrar los ojos y escucharme. El foco en mí en vez de lo que pasa fuera de mí es la clave para desengarcharme. Aprendí que no necesito sacarlas de la emoción, que puedo acompañarlas estando, escuchando y sosteniendo límites sanos con amor y paz interior. Todo deviene de que mi estado interno sea abierto, disponible, sensible, compasivo y no quiera lograr nada de lo que ofrezco como ayuda. El soltar cualquier tipo de expectativa en mi forma de actuar y dejarlo solo en la motivación de amar es suficiente y muy valioso.
Todo el tiempo y sobretodo con las personas más cercanas, surgen temas a los cuales nos quedamos enganchados y nos drenan de energía. Sepamos que podemos elegir salir y aprender de ellos.

Los invito a practicar con sus temas y los dejo con una guía de preguntas para poder hacerse cargo de los mismo.

Con amor y gratitud

Denise Dziwak

Guía Practica:
1) Identificar el tema al que estamos enganchados
2) Elegir hacernos cargo y decidir que queremos desengancharnos
3) Comunicarnos con el tema personificandolo (ayuda verlo como un niño herido, una versión pequeña de nosotros mismos) y preguntándole:
a. ¿Para qué está en nuestra vida? ¿De qué nos quiere proteger o que quiere evitar?
b. ¿Cuándo comenzó a creer que eso era necesario? ¿Cómo y qué paso? (debe haber buenas razones para elegir protegerse)
c. ¿Qué comenzó a creer desde ese momento?
d. ¿Es absolutamente verdadero lo que cree o hay alguna otra opción? Es real que hoy esa creencia sigue siendo una verdad? Sino, cuál es esa verdad actual.
e. ¿Qué le daría tranquilidad, qué espera de nosotros, que necesita de nosotros para sentirse mejor, seguro, en paz, amado?
4) Asumir el compromiso de realizar lo que nos pidió el tema para estar mejor, y cuidar de él como un niño herido. Hacer una promesa concreta que explique qué, cuándo, cómo y dónde haremos lo que prometemos.
5) Chequear con El Niño o tema en cuestión si nuestra promesa es suficiente o necesita algo más y volver al paso anterior tantas veces como sea necesario hasta que se sienta en paz y amado.

“Quiero darle todo a mi hijo”, una declaración común y llena de significado

Cuando escucho esta frase tengo la sensación que hay mucho más detrás y que hay algo que no estamos viendo que puede generarnos mucha angustia sin darnos cuenta.

Lo que significa “todo” para algunos padres es proveerles a sus hijos de todo lo que “necesiten para ser felices”. Lo que muchos “creen” que es “ser feliz” y lo que hace a esa felicidad que estiman “necesario” son generalmente una lista de cosas y actividades que van desde la alimentación, ropa, resguardo físico hasta tablets y actividades de ocio y de formación personal. Cuando termino de escuchar esto me doy cuenta: eso no garantiza la felicidad, sino no habría tantos padres que dan “todo” frustrados y angustiados porque sus hijos no están bien y la relación con los mismos no es lo que ellos quisieran.

Creo que lo que hay detrás y no vemos algunos padres, al menos por momentos, es una gran y, digo yo “terrible”, creencia detrás que es “lo que el otro siente depende de mi”. Esta creencia muchas veces nos lleva a operar en función de lo que el otro siente ya que nos creemos directamente ligados a ello. Y cuando el otro no esta feliz hago algo para cambiarlo. No digo que esté mal querer ayudar a quien no encuentra su bienestar, pero si lo hago desde la creencia que “eso depende de mi” no podré dar en libertad y estaré atada al resultado del mismo.

Sostengo que todas las personas somos enteramente responsables de nuestro sentir. Esto quiere decir que las personas somos capaces de responder ante las emociones que sentimos, sean luminosas (alegría, paz, amor, confianza,…) u oscuras (enojo, tristeza, culpa, envidia, miedo, vergüenza,…). Como adultos podemos ayudar a los niños a aprender a ser responsables por sus emociones, reconociéndolas y decidiendo cómo administrarlas y actuar en función de ellas. No podemos “cambiarlas” con algo que le damos o hacemos, y si lo logramos sepamos que será algo momentáneo y superficial porque además estamos evitándoles la posibilidad de aprender de las mismas.

Qué diferente sería nuestro ser padres si el “darle todo” a mis hijos fuera simplemente darle amor. ¿Tan poco nos parece? Para meditarlo y reflexionar.

Ese amor puede ser en forma de escucha, atención, compañía, empatía y ejemplo de vida. Podemos darles muchísimo amor obrando desde nuestro ejemplo de hacernos cargo de lo que sentimos y por ende ser responsables de nuestro bienestar. Si nuestro hijo ve que cada vez que me siento ansioso recurro a comer para eliminar esa ansiedad, aprenderá que hay “cosas” externas que nos calman. Sin embargo todos sabemos que luego de recurrir a esa solución externa la emoción sigue ahí, tal vez sepultada y agrandándose lista para salir en otro momento.

Lo mejor que podemos darles a nuestros hijos es amor y ese amor cada uno puede definirlo como quiera pero cuidado con establecer ese amor como un objetivo o resultado a lograr en ellos. Dar amor puede ser cocinarle algo nutritivo y rico, sin embargo nuestro amor no es más o menos según si le agrade lo que preparamos o no. No descalifiquemos lo que damos por la reacción del otro. Podemos tener en cuenta su reacción y ofrecernos a indagar y acompañarlo para aprender con él qué le pasa o que le genera malestar. No con el fin de sacarlo de ese malestar sino de ayudarlo a aprender del mismo y poder hacerse cargo.

El dar todo es amplio, los invito a desmenuzarlo y ver que hay detrás, en especial cuando nos quedamos “enganchados” al resultado de lo que damos esperando algo a cambio del que recibe.

Dar amor es un aprendizaje, permitámonos vivir con curiosidad la vida, identificando qué es amor y qué no para que vivamos con una mayor integridad con nuestro Ser. Demos lo mejor de nosotros: un ejemplo de vida en libertad, con conciencia y responsabilidad.

 

Con amor y gratitud,

Denise

Miedo a perder un hijo… nos pasa a todos

Desde el embarazo mismo, en espera de un hijo, aparecen muchos de los miedos que tenemos guardados en algún lugar de nuestra psique. El más común de los miedos en todo ser humano es perder lo que más quiere: su vida y el de aquellos a quien ama. En el embarazo esto se manifiesta como un temor a perder ese regalo que estamos recibiendo de la Vida misma: otra vida en nuestro ser. También fantaseamos o nos atormentamos con posibilidades de pérdida después de que nazca y muchas madres me cuentan que aún con sus hijos grandes siguen temiendo la muerte de los mismos. En definitiva la pérdida de un hijo es uno de nuestros mayores miedos como padres.

Al indagar de dónde viene ese miedo y para qué está en nuestras vidas descubrí algo poderoso y tal vez hasta obvio para algunos: la mayoría de las veces ese miedo no es real y deviene de una creencia más profunda que tiene que ver con la mirada que tenemos sobre nosotros mismos. Por ejemplo una madre puede tener miedo que su bebé se golpee y al indagar y consultarle a ese miedo (ya que podemos dialogar con “él”) lo que realmente le preocupa (¿Y si pasa eso que temés, qué pasa?) pueden aparecer creencias tales como “no sería buena madre”. Esto quiere decir que el miedo es a no ser quien creemos que “tenemos que ser” (“buena madre” en este caso). Así el miedo nos impulsa a actuar previniendo que pase y por ende nos sentimos más “útiles” o activas no conectando con lo que hay detrás: exigencia a ser de una manera y el miedo a perder esa imagen de nosotros mismos. El miedo, si viene de esta fuente, seguirá operando, y nos dejará ocupadas en el afuera tratando de controlar lo que pase, pero no nos permitirá ahondar y sanar lo que realmente nos daña: nuestra baja autoestima que nos llevar a pedirnos ser de una forma u otra. Qué diferente sería si pudiéramos llegar a decirnos: “Pase lo que pase con nuestro hijo somos la mejor mamá del mundo para él, simplemente porque somos su mamá y lo amamos”.

Otra fuente de miedos puede tener que ver con la creencia de no merecer aquello que somos, tenemos, hacemos, y por ende este miedo produce actitudes muchas veces “saboteadoras” de lo que somos, tenemos y hacemos. Nos saboteamos para demostrarnos que como creíamos no merecemos aquello que nos pasa en la vida (profecía auto cumplida). Un hijo, es de los regalos más maravillosos que podemos recibir y si en el fondo tenemos esta creencia podemos temer por su vida para hacernos cargo controlando lo que le pase, o sufrir gracias a ese miedo omnipresente y así valorar o “merecer” nuestro regalo. Esta creencia de tener que hacer para merecer o tener que sufrir para merecer es ancestral y está muy unida a la formación religiosa judeo-cristiana. Lamentablemente seamos o no de una religión al formar parte de una cultura común, podemos haberla integrado inconscientemente. Lo sanador es descubrirla y desarmarla, cambiándola por otra, eligiendo comportarnos acorde a la nueva creencia. El miedo se deshace cuando yo creo: “merezco la hermosa vida que tengo incluida mi hijo porque soy quien soy” sin dar muchas más explicaciones al respecto.

Somos partes del universo y fuimos creados con el máximo amor, y de ninguna manera fuimos creados para sufrir o ganarnos la existencia. Fuimos creados para amar. Si podemos valorarnos y respetarnos otorgándonos el derecho a ser quienes somos, tener lo que tenemos y hacer lo que hacemos podremos honrar nuestra vida con gratitud y humildad, ya que sabemos que nos es dada y por ende es nuestra responsabilidad cuidarla.

Tener hijos despierta muchos miedos que nos permiten encontrarnos con lo que hay detrás de ellos: nuestra sombra con sus creencias y actitudes destructivas (víctima, saboteador, etcétera).

Los invito a conectarse con esa sombra y preguntarle para qué existe en nuestras vidas, qué quiere de nosotros y por qué (creencia). Luego conectarse con todo el amor de la creación y ofrecerle otra forma más amorosa de ver el mundo y asegurarle que la amamos (a esa parte oscura) pero que decidimos obrar con la luz. Ya el sólo hecho de escuchar, conectar y honrar esa sombra nos permitirá ir integrándola de alguna manera.

No es un camino fácil y tal vez quieran que alguien los acompañe a ese encuentro con su parte oscura. Pidan ayuda si así lo creen necesario. Estamos aquí para apoyarnos y darnos amor así que tenemos todo lo que necesitamos para sanar.

Con amor y gratitud,

Denise Dziwak